Información

Tánger
RESEÑA HISTORICA

En el cruce de las rutas entre Europa y África, entre el Atlántico y el Mediterráneo, Tánger abre la puerta de Marruecos. Vea, escuche, sienta: muchedumbres abigarradas, mercados olorosos, rumores mezclados del mar y de la ciudad. Aquí reina todavía esa atmósfera de misterio, heredada de la época en la que Tánger era una zona internacional. Tánger la blanca, estrella de tantas películas, ciudad de tantas estrellas, fascina. Desde la fundación de Tingis en el siglo IV a.C., cartagineses, romanos, fenicios, vándalos, árabes, españoles, portugueses e ingleses se la disputaron celosamente. Conquistada, reconquistada, liberada, su poder de seducción permanece intacto, no hay ninguna otra ciudad en África que esté tan cerca de Europa, ni que sea tan querida por los artistas europeos o americanos: pintores, músicos y escritores. Delacrox, Saint-Saëns, Pierre Loti, Matisse, Van Dongen, Tenesse Williams, Paul Morand, Jean Genet, William Burroughs o Paul Bowles, han vivido en Tánger o han vivido Tánger como un embrujo.

Entre en Tánger por Bab Erraha, la puerta grande, una brecha abierta en las murallas que nos lleva hasta un mirador con vistas inolvidables sobre la ciudad y el puerto. El gran Zoco, tan querido por Joseph Kessel, dominado por el minarete de azulejos policromos de la mezquita Sidi Boud Abid. Los paisanos, vestidos con el fouta a rayas rojas y blancas, tocados con su gran gorro de borlas, mezclan su viva silueta con las coloridas manchas de frutas, los cacharros de alfarería o los tejidos. Los gritos de los vendedores, las campanillas de cobre de los porteadores de agua, y un perfume, mezcla sutil de especias y de lanas. En el sur, a la entrada de la ciudad vieja y a dos pasos de la gran mezquita, el Pequeño Zoco, encantadora plazuela rodeada de hoteles, restaurantes, y cafés en los que se instalaba Camille Saint Saëns para encontrar inspiración. Los jardines de la Mendoubia, donde treinta cañones de bronce descansan de haber combatido y retumbado en otros tiempos. Los Jardines del Sultán, que combinan la seducción de las flores con la fuerza evocadora del Palacio Dar el-Makhzen, sus bóvedas de mármol, sus techos de cedro y sus soberbias decoraciones de azulejos albergan ahora el Museo de Artes y Antigüedades Marroquíes. En esta ciudad todo comienza por el mar y todo conduce al mar. Desde la terraza de los Perezosos, el puerto, las aguas verdes y azules de Gibraltar y, a lo lejos la Andalucía dorada por la puesta del sol.

En los alrededores, al oeste y a sólo diez kilómetros por una magnífica carretera que serpentea a través de colinas, el Cabo Malabata. Desde el faro las vistas sobre el mar, sobre Tánger y sobre el Estrecho semejan una llamada del infinito. Por el noroeste, a doce kilómetros de Tánger, el Atlántico se encuentra con el Mediterráneo delante del Cabo Espartel, el Estrecho se abre hacia este promontorio extremo de África, cubierto de jaras y alcornoques. Un poco más allá la historia se sumerge en la leyenda, las olas continúan excavando las Grutas de Hércules y el mar sigue rugiendo en ellas. No lejos de allí, los restos romanos de las termas y las factorías de aceite de Cotta. 40 kilómetros al sur la pequeña y discreta Arcila, romana, española y portuguesa. Larache célebre por el yacimiento arqueológico de Lixus, con admirables mosaicos que representan el rostro austero y majestuoso de Neptuno coronado con patas de crustáceos y donde cuenta la leyenda Hércules recogió las manzanas de oro, el undécimo de sus trabajos. Al norte Cabo Negro, centro balneario que despliega bajo el sol sus largas playas de fina arena y sus 90 verdeantes caminos de acceso. A 60 kilómetros hacia el sur y hacia el interior, la ciudad blanca y azul de Chefchaouen (Xauen) una de las más agradables de Marruecos, ciudad santa posee una veintena de mezquitas y santuarios.