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Essaouira
RESEÑA HISTORICA
A los pies del imponente macizo de Amsittene, las alturas de Aït Zeltn y de los Ida, se despliega la hermosa ciudad de Essaouira, sobre la misma tierra que hollaron los fenicios en el s.VIII a.C., los cartagineses, romanos y portugueses. Antaño navegaron su bahía, con playas de fina arena y aquí encontraron todo aquello que un marino podía soñar, plumas de avestruz, sal, especias, sábalos, azúcar, cereales, purpurina (cuyo nombre proviene de la secreción de unos moluscos, los múrices, abundantes en los fondos marinos de las islas Purpurinas), caballos, polvo de oro, tejidos... El nombre de la región se remonta al s.X, cuando abandona sus denominaciones cartaginesa y romana para pasar a llamarse Amogdul, en nombre del santo patrón bereber. Portugueses y españoles desfiguraron su pronunciación y escritura, los franceses terminaron adoptando el término Mogador. En 1764, el sultán alauita Sidi Mohamed Ben Abdallah convierte la ciudad en una base naval sirviéndose de los conocimientos de un ingeniero francés que mantenía prisionero y la rebautiza Essaouira, que en árabe viene a significar la imagen y, también, lugar fortificado. Encantador puerto, resguardado por sólidas murallas mezcla de estilos arquitectónicos, con vistas a una paradisíaca playa de fina arena, da vida a una ciudad de intensa vida comercial, de la que no han podido retraerse personalidades de la talla del escritor Paul Claudel o del cineasta Orson Welles, que filmó aquí los exteriores de su popular Otelo. La Puerta de la Marina, erigida durante el sultanato alauita, une los muelles con la ciudad y abre paso a la Skala del puerto y la murallas que segmentan la ciudad vieja en barrios , alcazabas, el Mellah y la medina. Aquí la belleza no se contempla sólo en los cuadros, la extraña perspectiva que forma una callejuela bordeada de casas blancas con postigos azules, el sutil claroscuro de la placita Bab el-Sebaa con el fondo de las terrazas de los cafés moros invitando a la pausa del té, la precisión de detalles en la fachada de la antigua morada del Pachá (hoy Museo Sidi Mohamed Ben Abdallah), la calle Siaghine con los joyeros herederos de la excepcional técnica de los orfebres judíos y más allá los marqueteros que incrustan madera de tuya, ébano de nácar o hilo de plata. Antes de partir no deje de probar, en el puerto, las sardinas a la parrilla con una rodaja de limón. Pocos kilómetros al norte, en camino hacia Casablanca, Safi, conquistada en 1508 por los portugueses que establecieron una encomienda para cambiar sus producciones por oro y esclavos. La sublime y asombrosa capilla portuguesa asoma su perfil en la medina.

Residencia de gobernadores y luego de sultanes, el Dar el-Bahr es un majestuoso castillo de mar, armado con cañones del s. XVIII. La puerta monumental de la Kechla, da paso a un amplio méchouar erizado de torres almenadas que protegen el palacio. La vida late en la plaza de la Independencia, los vendedores pregonan su mercadería envueltos en su haik, los artistas callejeros se reúnen por la tarde y canciones, cuentos y danzas maravillan a grandes y pequeños. El amontonamiento colorista de las mercancías en el zoco, los pescadores volviendo al puerto en sus hermosas barcas de madera y sus redes llenas de sardinas y los ceramistas con su preciado trabajo en la colina de la ciudad.