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Casbahs
RESEÑA HISTORICA

LA RUTA DE LAS CASBAHS
El Gran Sur, donde la arena intenta invadirlo todo, los oueds o cursos de agua ocasionales forman un camino lleno de vida. Entre vergeles, campos, palmerales y rosaledas, sus orillas desatan una larga cinta fértil, donde los hombres hacen milagros. Arena ardiente y crestas ennegrecidas, cañones con escarpadas paredes que se abren sobre un campo verdeante y, por todas partes, emergiendo de un palmeral, encaramadas sobre una roca rojiza o delante de un lago color esmeralda, suntuosas casbahs, maravillosas ciudadelas de tierra, como de cuentos de hadas y ksour de una belleza insólita, ciudades fortificadas de color de arena. Son los valles del Draa, del Dadés, del Ziz., remonte el curso del tiempo y tome la ruta de las casbahs en el curso de un encuentro con una naturaleza asombrosa.
Quarzazate, en el cruce de los caminos entre los valles del Draa, del Dadés y del Ziz, marca el comienzo del periplo, deslumbrando al viajero con dos magníficas casbahs. Lade Taourirt, antigua residencia del Glaoui, emergen sus torres hacia el azul del cielo de entre una masa de casas apretadas. La de Aït Benhaddou, a 30 Km de la ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, bellísima con unos juegos de luz tan magníficos, que fue elegida como escenario para numerosas películas: Lawrence de Arabia, Té en el Sahara. Punto de partida de la ruta de los oasis, es lugar de encuentro de culturas y artesanías. Los domingos en su zoco, se encuentran en profusión la alheña, las rosas, el comino y el abrótano destilado, los cacharros de alfarería beréber, objetos de piedra tallada, mantas y alfombras de Ouzguita, azules o amarillo oro. Generosa, hospitalaria y exótica, sirve de preparación para las extremas sensaciones del desierto.

El Valle del Draa Nacido en el Alto Atlas, el Draa va labrando trabajosamente su lecho hasta Agdz, pequeña población dominada por su ciudadela y su fortín rojo, pero al llegar se toma su revancha, dando vida a una espectacular franja de oasis de 200 Km. Sólo a un paso del desierto, la naturaleza despliega todos sus colores: racimos de dátiles amarillos, matorrales de adelfas con sus flores rosa resplandeciente, montañas pardas, beiges y grises, que surgen de una tierra ocre. El Ksour de Tamenougalt, antigua capital beréber, el de Igdaoum, con sus altas torres en forma de pirámides truncadas, o la casbah de Tinzouline.... Desde el oasis de Zagora, los saadinos fueron conquistando el Souss en el s. XVI y luego todo Marruecos antes de lanzarse a la aventura que les llevó hasta Tombuctú. Punto de partida para emocionantes excursiones: Tamegroute, con sus célebres mezquitas de techo de mampostería azul y minaretes blancos, su influyente Medersa y su biblioteca. Un lugar de arenas y dunas, M´hamid donde los lunes se celebra uno de los zocos más coloristas de Marruecos; M´hamid el Ghouzlane, la llanura de las gacelas, donde comienza la inmensa extensión desértica: la hamda del Draa.

A partir de Merzouga, arena, arena ardiente, arena hasta perderse de vista. Fascinante, grandioso e ilimitado, el desierto comienza una y otra vez donde la arena, el viento y el sol se unen para no engendrar otra cosa que el infinito. El fenec, zorro del Sahara asoma sus orejas por fuera de la madriguera, el escinco, pescado de las arenas repta animosamente, el búho gran duque ulula, hasta el desierto abriga vida. Pero pocos hombres pueden jactarse de conocer sus secretos.

El Valle del Dadés. Nacido en el Alto Atlas, el oued Dadés alimenta una serie de oasis. Preciosos estuches que guardan mil casbahs del valle. A partir de Boumalde, las laderas desérticas de la montaña van mordiendo su cinta de verdor. Pero el oued se obstina, se incrusta, se abre paso a través de gruesos bloques calcáreos, entonces el valle se estrecha sus paredes vertiginosas: son las gargantas del Dadés. Fundado en el s.XII por Yacoub el-Mansour, el lujurioso oasis de Skoura ofrece un preludio encantador al “Valle de las mil Casbahs”: el Kabbaba, Dar Aichil, Dar Ait, Souss y, la más bella, Amerhidil. La carretera, bordeada por palmerales y jardines, conduce hasta las rosas, miles de rosas que perfuman El Kelaa M´Gouna, la más bella de las rosaledas del valle. La Aldea de Azlag, donde 120 herreros fabrican magníficos puñales labrados. La vieja casbah de El Glaoui, sigue manteniendo su equilibrio sobre una roca, la casbah de Bou Taghrar, todo su esplendor. Las gargantas del Dadés, donde las casbahs adoptan los colores malvas, rojizos y púrpura de las rocas.. La carretera se transforma, atraviesa el Dadés y sube serpenteando hasta lo alto de un vertiginoso cañón, penetra en el terreno privado de las aves y los muflones. Las gargantas de Todra, a partir de Tineghir y luego de una cincuentena de kilómetros, se llega....al fin del mundo. Dos acantilados cortados a pico, de 300 metros de altura y separados por un estrecho pasillo de sólo una veintena de metros.

El Valle del Ziz. Descendiendo desde el Alto Atlas, el Ziz excava su curso en impresionantes acantilados, gira en los alrededores de Rich y se dirige hacia el Sur, donde riega el inmenso palmeral de Tafilalet y finalmente se pierde en las arenas de Taouz. Cerca de Rich, se encuentra la Medersa de Sidi Salim, sabio que poseía el extraño don de efectuar cada viernes el viaje de ida y vuelta a La Meca. A menos que tenga la extremada velocidad de Sidi Salim, necesitará algún tiempo para llegar a Erfoud. En el valle del Ziz, el agua, fuente de belleza, marca la ruta hacia el desierto. Al principio el oued ofrece un espectáculo impresionante, creando un largo corredor bordeado e palmeras, donde emergen el ksour y la sublime casbah de Ifri. Luego de la presa de Hassan Addakhil, forma una vasta alfombra color esmeralda, en sus riberas de color ocre rojizo y a la sombra de los albaricoques, las mujeres lavan sus ropas. Más allá, la fuente de Meski tiene fama de fomentar la fertilidad, aquí se bañan las jovenes, con sus trenzas adornadas de borlas de lana, conchas y cintas y amuletos, a la luz de las velas que enciendan en la gruta. Al final, la puerta de Erfoud se abre hacia uno de los lados.....un millón de palmeras, al otro, los millones y millones de granos de arena de las primera dunas saharianas. Y ahora, para llegar a Merzouga, nada más fácil, rumbo al desierto.

Amanecer sobre Merzouga, bebiendo lentamente un té a la menta a eso de las tres de la madrugada, el disco color rosa del sol aparece sobre las gigantescas dunas del Gran Sur.

Saborear los dátiles de Erfoud, donde cada año en Octubre se celebra en su honos una fiesta tradicional, alegre y colorista.

En mayo se celebra la fiesta de las rosas en El Kelaa M´Gouna, danzas y cabalgatas se suceden bajo una lluvia ininterrumpida de pétalos.

Los asombrosos hornos de Tamegroute, donde alfareros cuecen sus cacharros al aire libre en hornos arcaicos, todos son verdes y pardos. Verdes, por la fusión del manganeso y el cobre; pardos, con el antimonio y el cobre.