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Agadir
RESEÑA HISTORICA
Dada a conocer al mundo por los portugueses en el año 1505 al instalar una factoría y una fortaleza, la de Santa Cruz, de donde fueran desalojados por los saadianos unos 40 años después. Destruida por un seísmo en el año 1960 y reconstruida con técnicas antisísmicas como moderno centro vacacional por Mohamed V, creció como unos de los más bellos balnearios del Reino. Acogedora villa blanca, adornada con hermosos jardines, en la que se levantan edificios singulares como el ultramoderno aeropuerto, el edificio de correos o el monumental Tribunal. Cerca de la mezquita, los turistas toman el fresco sentados en las terrazas de los cafés o paseando por los bazares. Golf, tennis, equitación, vela, el deseo de conocer a los misteriosos “hombres azules”, de descubrir zocos presaharianos o simplemente ver volar flamencos rosas son algunos de sus atractivos. Más de 10 Km de doradas playas entre el aroma de los verdes eucaliptos, los pinos, los tamarindos y el azul encantador de un mar límpido, vivificante, tranquilo y delicioso, de color apenas más fuerte que el del cielo en el que todo los días brilla un sol resplandeciente. A pocos Km de la ciudad se pueden ver las tribus beréberes de los Ida Ou Tanana, refugiados en su blanca ciudad de Imouzzer. En un viaje de una media hora, se extiende el camino, señalado por frutales, de la fértil llanura de Souss hasta la simpática Inezgane con su mercado de los jueves. Tiznit, hacia el Gran Sur, protegida por murallas almenadas de color rosa, sus pobladores vestidos con trajes tradicionales y sus casas de colores conserva la atmósfera del oasis, pero su corazón es el zoco de los joyeros con las características alhajas beréberes. Por Biugra a Tafraoute rodeada de montañas de granito rosa que se tiñen de malva cuando el cielo se torna rojizo. Taroudannt, cercada de gruesos muros almenados de adobes con abundantes bastiones, rodeado de olivos, eucaliptos y palmeras conocida como la pequeña Marrakech, sus zocos de gran colorido, sus estrechas calles, sus pequeños cafés y un inolvidable paseo en calesa al claro de luna. Romanticismo garantizado.